two lost souls

martes, 24 de abril de 2012

Vaivén


Hay espejos en la casa y a veces en ellos te encuentro, no a ti sino al otro, que es también el hombre que subió a cantar al transporte y yo no lo veía a él sino a su reflejo en la ventana y ese reflejo también eras tú conmigo. Hay una aguja que no termina de enhebrarse y que sube y baja del centro de mi pecho hasta el tope de mi garganta, sube y baja pero no hilvana porque el hilo está roto, por que el ojal es muy chico, porque el nudo al final no está hecho.

Hago una bastilla por dentro de mis ojos para que pueda contenerme, puntada por arriba, doblez, puntada para abajo, así por toda la orilla hasta el lagrimal, cosiendo con cuidado con la calma de las olas mar adentro que suben y bajan tan tranquilas en el mes de mayo.

Esta memoria de pez que cada vez que te recuerda borra un pedacito de tu sonrisa me está dejando sin nada. A veces, cuando uno entra al mar pareciera que lo que se mueve es la tierra, y entonces te sorprendes en un bloque inamovible desde donde observas el vaivén de los otros, los que están afuera, a la deriva caminando por la arena. Así, tu recuerdo se instaura en la memoria, no el recuerdo de ti, sino de tu ausencia, de tu continua ausencia que marea, confunde, porque ya no sé si te fuiste o te acabas de ir.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Se trata de vuelos


Mírame así: Mujer canario,
distraída, volátil.

Pájaro de ojos pájaro,
que buscan: Te buscan.

Una palabra por todo lo que soy.

Florecen tormentas


Espera el hombre a dejar de tener miedo, prefiere la muerte, se condena a la espera, la condena a ella que lo único que busca es comenzar a vivir. Más vale esperar a que el ministro no llegue, a que llegue la muerte.

Las tormentas también florecen en primavera. No hay suficiente luz para desaparecer el profundo contenedor de pesares que olvidaste aquí. Son cuatro años esperando una respuesta, cuatro años que abrazan veinte, que tragan veinte, que cargan veinte años junto de tus manos.

Me han dicho que hay poco de qué preocuparse porque las jacarandas ya están gritando, lo que no saben es que volviste para taparme los oídos. Necesito escuchar, ser libre, necesito que seas tú el que vomite el grito de las flores.

¿Hasta dónde necesitas que cargue tu miedo? ¿Cuántos años más, cuántos dedos mutilados, cuántas crisis cuchillo en mano, cuántas vidas, cuántas muertes, cuántos besos marchitos, cuántos úteros secos? Dime cuántos y dímelo ya.

El desasosiego como abrigo del alma.
En la primavera no debe uno de abrigarse.